Chavules, hoy he tenido que vivir una de las cosas más traumáticas y duras a las que se puede enfrentar un ser humano a lo largo de su vida. Os lo voy a contar, pero dentro de la confianza que nos une (yo, escritora de esta entrada y bella mujer del planeta y tú, lector desconocido) te diré: esta entrada es MUY seria. Así que no quiero ni carcajadas ni medias sonrisas por parte de los raritos a los que os gusta el humor negro y el sadismo, os vais a enfrentar a hechos escalofriantes que podrían haber sucedido perfectamente en La Divina Comedia, en la obra de El Marqués de Sade o en el mismísimo Sálvame Deluxe: HOY HE VISTO A PADRES BAILANDO.
Uf. Ya. Lo he dicho. Vale. Ahora es más sencillo hablar de ello. Voy a intentar suavizarlo. Sí, eran padres, pero eran jóvenes. Vale, eso quizá lo empeora... y ahora veréis por qué. Ha sido horrible. Confieso que he estado apunto de llorar, y se que muchos lo habríais hecho. Hay que ser un auténtico Jason Statham para soportar algo tan duro.
| Jason soportando cosas duras |
Me encontraba yo, pues, degustando unas birricervezas artesanas cuando comenzó todo: una mujer inglesa, con pinta de jovencilla pero que tenía el pelo cano (ahí ya era un poco raro) comenzó a reunir a la tropa de niños del lugar. Sacó una guitarra (en sentido figurado, supongo que la llevaba en la espalda o en la mano pero no me había fijado) y empezó a entretener a los pequeños saltarines que sonreían ensimismados a la Señorita Canas.
“Ay, qué bonitos, por favor” dije mientras le pegaba un trago a mi ambrosía. Mayormente bebecillos cuya edad oscilaba entre los tres meses y los 18 años tocaban a la orden de la chica panderetas, triángulos, claves y demás instrumentos inservibles que fueron fabricados para molestar pero, que en manos de esos pequeños, resultaban adorables (y hasta sonaban MEDIO bien). Lo confieso, en ese momento y antes de fijarme en cada niño, me cagué en todos sus jodidos y miserables muertos podridos en sus tumbas por haber comenzado un evento tan ruidoso a escasos metros de mí: sinceramente, no era mi momento all bran.
Los niños se lo pasaron pipa hasta que dejaron de hacerlo, como siempre y de toda la vida de Dios: tres canciones después. Fue entonces cuando mi gallardo compañero, el barman, las cervezas y yo comenzamos a fijarnos en el percal con más detalle. Esa mujer era el jodido demonio. ¡Le daba igual! Ella ahí, tocando sus cancioncillas QUE ENCIMA ESTABAN EN INGLÉS y los niños sin enterarse de una mierda: claro, imagina que tienes un cerebro del tamaño de una nuez y se te ponen a cantar en motrileño, pues NORMAL que te ni te enteres ni te interese.
| Un niño en aquel momento |
Fue entonces cuando, con los niños ya correteando por otros lares, pintando o mirando al infinito, comenzaron las canciones con las que cerraba el concierto: los clasicazos, vamos. Las madres y los padres empezaron a bailar. No. No, tíos, no a menear un poco los brazos y las piernas. SE SABÍAN LA COREOGRAFÍA, la letra en inglés y sus muertos a caballo. ENTERA. De una jodida canción infantil que ninguno de nosotros reconoció. Que no, tíos, ¡que no estaban bailando con los bebés ni haciéndoles ningún tipo de caso! Era obvio que no era SU PRIMERA VEZ, ni probablemente su última, y que las canciones de aquel conciertillo abarcaban los primeros puestos en las listas de hits de padres jóvenes de los 2000. Un pasito pa’ lante, mover los brazos para aquí, que si la pierna para allá y un grito todos a la vez en el centro de un círculo improvisado (con los bebés FUERA de él). Por suerte, la cosa acabó medio rápido. Aunque ya sabéis que los momentos dolorosos suelen ser eternos.
| Dramatización |
No puedo decir más. Os puede ocurrir. Os he prevenido. Estad preparados para todos aquellos conciertos de cantajuegos improvisados que pueden sobrevenir en cualquier momento de vuestra vida. Puede ser mañana, pasado, dentro de un mes o quizá no os pase en años... pero cuando esto ocurra (qué ocurrirá), espero que estéis en el bando de los que bebemos cervezas y nos negamos a bailar canciones -que ni los bebés soportan- a en el bando del patetismo coreográfico. LARGA VIDA A LA DIGNIDAD.
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